jueves, 16 de abril de 2009

7

El día lo pasó en el hospital. Las horas allí se hacían interminables, parecían como si los relojes se hubiesen parado, y aún se hacía más interminable cuando se espera la llamada de alguien y ese alguien no llamaba. Ella siempre había necesitado que le demostraran afecto y el cariño de la gente, no se conformaba con saber que estaban ahí; en cierto modo agradecía que la mimasen, que estuviesen pendiente de ella, pero hay ocasiones en que la gente no se da cuenta y no sabe estar a la altura de las circunstancias. Ella ahora lo estaba pidiendo a gritos, pero sus lamentos no pasaban de su garganta, se ahogaban y sentía una rabia incontrolada al poder comprobar que se encontraba rodeada por personas que no interpretaban los sentimientos con la misma intensidad que ella.

De nuevo la sala se empezó a llenar de gente, de nuevo se podía oír el murmullo soñoliento y adormecedor. A su alrededor se formaban los habituales corrillos, cada cual contaba sus cosas a propios y extraños. Es increíble con que facilidad se pueden contar los problemas a personas que no conocemos de nada, pero al igual que la felicidad, el dolor puede unirnos a personas que tal vez no volvamos a ver en nuestra vida. Todo lo que veía a su alrededor le era ya familiar, había pasado tantas horas esperando que formaba parte de ella....

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